Mientras doy vueltas entre mis sabanas, y una vez más no puedo dormir, salgo afuera, hasta la calle y miro las estrellas por debajo de ese manto inmenso, recordando las cosas que me equivoque y caigo.
No hay lugar donde no pueda ir. Subo las cerámicas naranjas, y al llegar al límite, una brisa helada me atraía hacia esa luz opaca y desagradable que iluminaba el cemento. Me siento. Te imagino. Y apareces con esa boina oscura y esa cara de buena, pálida, y tus telas negras reflejaban una sombra transparente. Te saludo.
- Has visto a mi enemigo? El lucía igual que yo?
- Si.
Bajo la mirada, alone in Kyoto. Te miro. Te busco. No estas.
MAURO! MAURO! –gritaba Milagros desde el rincón celeste enredado de madera con esa voz grave y molesta que la caracteriza.
Ya es martes 11.